Las palabras atravesaban mi mente, pero sin la claridad perfecta que había tenido la alucinación del día anterior. Solo palabras, aunque rasgaran y mantuvieran el hueco del pecho bien abierto, solo eran palabras. Me tumbé en la cama y me acurruqué en una bola, preparandomé para el ataque de sus recuerdos, de mi vacio interior. Apreté los ojos, bien cerrados y... la siguiente cosa que recuerdo es que ya era por la mañana. Miré, sin podermelo creer, la pálida luz plateada que se derramaba a travéz de mi ventana. Había dormido sin soñar ni gritar por primera vez en más de cuatro meses. No podía decir que emoción era más fuerte, si el alivio o el estupor. Me quedé quieta en la cama unos minutos, esperando a que todo regresara de nuevo. Porque, sin duda, tenía que ocurrir algo, si no el dolor, al menos el aturdimiento. Esperé, pero no pasó nada, y entonces me sentí más relajada de lo que me había sentido en mucho tiempo. No confiaba en que ese bienestar durara mucho, ya que me balanceaba en un equilibrio precario, resbaladizo, y no tardaría mucho en caerme (la historia de mi vida). Además, yo era como una luna perdida -una luna cuyo planeta había resultado destruido, igual que en algún guión de una película de cataclismos y catástrofes- que, sin embargo, había ignorado las leyes de la gravedad para seguir orbitando alrededor del espacio vacío que había quedado tras el desastre.
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