Si uno se siente abandonado y está poniendo su mejor cara de ópera y ve que el otro también se aleja herido (mientras ensaya unas expresiones que vio en una película japonesa) es muy frustrante, porque no hay nada peor que sentirse víctima de alguien que en vez de sentir que fue injusto con nosotros siente que es nuestra víctima. Eso es fatal, terrible (recuerden que para una víctima no hay nada peor que otra víctima), porque una buena víctima necesita un mínimo de audiencia, de compasión ajena. Nadie es víctima para sí solito. Nadie es víctima sin un miligramo de público aunque más no sea. No sé… un chofer, el panadero, alguien a quien despeinar con un suspiro, alguien a quien brindarle una cara compungida de las buenas. Pero víctima así al pedo, para nadie, no, es una locura.
Pero no nos distraigamos, volvamos a la ansiedad en el amor o, caso contrario, en el matrimonio. En el amor hay que tener la cabeza fría (por decir una parte del cuerpo). No tan fría que el otro sienta que salió a comer con Walt Disney, pero sí un poco fría. Pero eso no es fácil. Vamos a un ejemplo. Conocés a alguien y, si más o menos calculás que puede llegar a gustarte, le decís: Hola me llamo Luciana ¿Me darías tu teléfono por las dudas? ¿O bien es conveniente esperar el fin de la reunión? Una vez que te dio su teléfono, ¿le hablás enseguida o por lo menos esperás que llegue a su casa?
Yo soy de los del primer grupo, no me aguanto. Mi capacidad de autocontrol es nula, un coche cayéndose a un precipicio tiene más domino de sí mismo que yo. Hay gente que tiene una sangre fría impresionante, como Clint Eatswood, esperan que pasen un par de días y luego hablan, tranquilas sin andar revelando tanto el juego, en cambio yo juego con las cartas dadas vueltas: el contrario las ve y yo no. De pura ansiosa soy capaz de llamarlo antes de que ella alcance a salir de la fiesta.
Pero no nos distraigamos, volvamos a la ansiedad en el amor o, caso contrario, en el matrimonio. En el amor hay que tener la cabeza fría (por decir una parte del cuerpo). No tan fría que el otro sienta que salió a comer con Walt Disney, pero sí un poco fría. Pero eso no es fácil. Vamos a un ejemplo. Conocés a alguien y, si más o menos calculás que puede llegar a gustarte, le decís: Hola me llamo Luciana ¿Me darías tu teléfono por las dudas? ¿O bien es conveniente esperar el fin de la reunión? Una vez que te dio su teléfono, ¿le hablás enseguida o por lo menos esperás que llegue a su casa?
Yo soy de los del primer grupo, no me aguanto. Mi capacidad de autocontrol es nula, un coche cayéndose a un precipicio tiene más domino de sí mismo que yo. Hay gente que tiene una sangre fría impresionante, como Clint Eatswood, esperan que pasen un par de días y luego hablan, tranquilas sin andar revelando tanto el juego, en cambio yo juego con las cartas dadas vueltas: el contrario las ve y yo no. De pura ansiosa soy capaz de llamarlo antes de que ella alcance a salir de la fiesta.
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